jueves, 22 de abril de 2010

La vida continua

Recuerdo que empezaba a ir a una especie de parvulario, donde iba muy contento por la necesidad de jugar con otros niños. Aproximadamente tendría unos 4 o 5 años, no lo recuerdo muy bien. Solo recuerdo que estaba cerca de los ferrocarriles, donde cada tarde después de salir mi madre me llevaba a ver como pasaban los trenes. Mi hermana María Asunción ( a partir de ahora Susy) también iba al mismo colegio. Mi hermana Clara que ya debería tener los 14 o 15 años empezaba a buscar trabajo porque no le gustaba estudiar. Encontró un trabajo en unos Laboratorios Farmacuticos que estaban cerca de casa, más o menos a 15 minutos caminando, el único inconveniente es que se tenia que levantar a las cinco de la mañana y aunque la vida se vivía de otra forma, había una cierta preocupación en casa para que no le pasara nada. Recuerdo que estos años eran muy buenos, porque básicamente lo que hacia era jugar y con cierta independencia. Todavía existían los tranvías y no circulaban muchos coches, por no decir ninguno y eso dejaba que los niños estuvieras en la calle, jugando a fútbol, con chapas de botellas en las alcantarillas, al escondite, etc. No había problema, porque además la gente del barrio practicamente nos conocíamos todos y so no era uno, era otro vecino que te vigilaba.
En el curso que cumplí los 6 años empecé a ir a la escuela y más en serio, básicamente por tener que empezar a estudiar, era una escuela relativamente pequeña y dependía de la parroquia. Teníamos únicamente una profesora la Señorita Montse y enseñaba a un grupo de 15 o 18 alumnos de diferentes edades. Una vez a la semana el Padre Luis, nos daba clases de religión y para jugar en la hora del patio, salíamos a la plaza del barrio a jugar y desayunar o merendar.
En estos años difícil, aunque con buenas perspectivas de futuro, las familias empezaban a mejorar. Las unidades familiares hacían lo posible para ingresar más dinero y eso no era una excepción en casa. Mi padre Juan, era un buen herrero y con eso se ganaba la vida. Trabajaba su jornada de ocho horas en una empresa metalúrgica que se encontraba a las afueras de Barcelona. Todos los días cuando se marchaba a trabajar yo escuchaba como cerraba la puerta. Salia muy temprano y como en casa no había coche, tenia que caminar unos 20 minutos para ir a buscar el autobús que lo trasladaba hasta la fabrica. Fuera verano o invierno siempre hacia el mismo trayecto y durante ese camino que era a través de campos y alguna calle asfaltada, porque el resto eran de adoquines, cuando hacia frío, era frío de verdad, porque parecía que tuviera corriente de aire. Estos comentarios solía escucharlos de una forma habitual en caso, luego por la tarde aproximadamente sobre las 6 o 6.15 horas, ya estaba de regreso en casa. Mi madre le tenia preparada una buena merienda o por lo menos a el le gustaba mucho y yo muchas veces la compartia con él ya que a mi también me gustaba mucho y no tenia nada que ver que yo ya hubiera merendado. Mi madre me prepara un poquito para que no protestara, pero especialmente el café.

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